No vas a ganar un Pulitzer. Ni un Nobel. Ni un Oso de BerlÃn. Lo mejor que puedes hacer por el mundo es un buen hijo.
No lo decÃa como consuelo. Lo decÃa como diagnóstico. Hice cuentas y el resultado fue el mismo siempre: no iba a escribir el libro que cambia a alguien, ni a resolver el problema que mueve a la ciencia, ni a dejar la obra que se queda en la memoria de las masas. Ni yo ni la mayorÃa de la gente que conozco. Asà que solo quedaba la otra opción: producir a alguien inteligente, amable, con visión. Mi Pulitzer serÃa lo inteligente que llegara a ser. Mi Nobel, lo amable. Mi Oso de BerlÃn, lo visionario.
Hay una parte más incómoda de la idea y la sostengo igual: la gente consciente, educada, que piensa antes de actuar, tiende a tener menos hijos. Lo piensa demasiado, lo planea, se detiene. La gente sin esa formación, sin ese filtro de respeto hacia los demás, tiende a tener más. Nadie corrige eso solo. Alguien tiene que empujar la balanza para el otro lado, a propósito, no por accidente ni por instinto: traer pensamiento consciente al mundo porque hace falta más, no menos.
Sigo pensando que lo mejor que la mayorÃa de las personas pueden hacer por este planeta no es tratar solo de escribir el libro ni ganar el premio ni fundar la empresa que lo salve. Es mandar gente buena a cuidarlo. Eso es lo que lo va a salvar, no una genialidad aislada. Y si lo único que yo podÃa aportar a este mundo era una sola persona bien hecha, lo tomé —lo sigo tomando— como suficiente.
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