Patricio Uribe Martinez Random Access Memory

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Me encanta encontrar información oculta o, mejor dicho, descifrar los mensajes secretos que nos envían los datos cuando los interpretamos con cuidado.

35 c0m0 l4s p414br45 h3ch45 c0n num3r05: uno siente que tiene en sus manos un mensaje clandestino, pasado bajo los pupitres, diseñado meticulosamente para que el profesor nunca pudiera entenderlo. Ese es, casi literalmente, el ejercicio de analizar datos: una cascada de números en Google Analytics, un archivo SQL con un catálogo de productos, un embudo de conversión. A simple vista es ruido. Con la clave correcta, es un mensaje.

Pero aquí está el punto que realmente quiero defender: la clave no está en los datos. Está en la pregunta que les hacemos.

Los datos, por sí solos, no dicen nada. No se ordenan, no se jerarquizan, no señalan qué es importante y qué es anécdota. Eso lo hace la pregunta que traemos nosotros a la mesa. Dos personas pueden mirar exactamente la misma tabla y encontrar mensajes distintos, porque llegaron con preguntas distintas —o, peor, porque una de ellas llegó sin ninguna pregunta.

Y ahí es donde también he visto el otro extremo: gente que, ociosamente, solo manosea los datos de un lado a otro hasta dejarlos inútiles. Es como una masa a la que le has dado tantas vueltas con la mano y el rodillo que ha perdido cualquier capacidad de servir para algo. Cortar, filtrar, pivotear una tabla sin una pregunta que guíe el ejercicio no es análisis: es amasar por amasar. Se ve laborioso, pero no produce nada que se pueda hornear.

Descifrar un dato bien interpretado se siente como resolver el mensaje secreto del salón de clases: hay una pequeña satisfacción casi infantil en encontrar el patrón que otros no vieron. Pero esa satisfacción solo llega cuando uno se sentó primero a decidir qué estaba buscando. La clave del mensaje cifrado no vive en el número. Vive en la pregunta que lo hizo hablar.

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