Patricio Uribe Martinez Random Access Memory

Los gordos de WALL-E

 Hay una escena en WALL-E que no me puedo sacar de la cabeza: los humanos, flotando en sillas que los mueven, los alimentan y los entretienen sin que ellos tengan que mover un dedo. No son villanos ni están sufriendo. Simplemente dejaron de necesitar hacer nada, y con el tiempo, dejaron de poder hacerlo. Cada vez que uso una herramienta de IA para resolver en segundos algo que antes me hubiera tomado horas de pensar, esa imagen se me aparece. Y no quiero ser eso.

No es una postura anti-tecnología. Es una pregunta sobre quién decide qué tan relevantes seguimos siendo los seres humanos en un mundo donde una máquina puede hacer, cada vez mejor, una porción más grande de nuestro trabajo. Mi respuesta —al menos la que estoy tratando de vivir— es que esa relevancia no se hereda ni se asume: se construye. Y se construye con un método viejo, casi aburrido, que ya conocíamos antes de que existiera ningún modelo de lenguaje: el método científico. Pregúntate algo. Fórmate una hipótesis. Experimenta. Observa los resultados. Saca una conclusión. Repite.

Yo lo he hecho, sin ponerle ese nombre, con algo que no tiene nada que ver con marketing digital ni con estrategia: los motores. Tomé cursos de mecánica automotriz y de motocicletas no porque lo necesitara para trabajar, sino porque quería entender por mí mismo cómo funciona algo que uso todos los días y que la mayoría de la gente opera sin saber qué pasa bajo el cofre. Cada curso era eso: una hipótesis de cómo creía que funcionaba algo, la prueba real de desarmarlo o diagnosticarlo, el resultado —a veces vergonzoso, a veces satisfactorio— y la conclusión que me dejaba un poco menos ignorante que antes. Nadie me formó ese criterio. Yo fui a buscarlo.

Y aquí es donde quiero llevar esto al terreno de la creación, porque creo que es donde más se está poniendo a prueba nuestra relevancia. Hoy, cualquier persona puede generar en segundos una imagen que hace apenas unos años hubiera requerido años de entrenamiento técnico y un talento fuera de lo común. Miguel Ángel se subió a un andamio durante años, mezcló sus propios pigmentos, sostuvo el brazo en ángulos imposibles hasta la fatiga, para pintar la Capilla Sixtina. Hoy, alguien puede describir esa misma escena en un prompt y tener un resultado visualmente comparable en minutos. El tedio físico de esas dos experiencias no es comparable —eso nadie lo puede discutir con seriedad—. Pero, ¿el arte en sí tiene el mismo valor?

Yo creo que la respuesta está en otra parte del proceso, no en el tedio. Está en decidir qué quiero mostrar. Ese acto —elegir la escena, el mensaje, la composición, el significado que quiero que alguien sienta al verlo— sigue siendo un trabajo creativo genuino, se ejecute con un pincel o con un prompt. El problema no es usar la herramienta. El problema es dejar que la herramienta decida por nosotros. Si le pido a la IA una imagen y dejo que ella rellene el lienzo con lo que "cree" que quise decir, ahí sí perdí algo: dejé que otro pusiera el criterio donde debía ir el mío. Pero si soy exacto, si sé precisamente qué quiero mostrar y uso la herramienta solo para ejecutar mi visión sin que proponga nada que yo no pedí, el mérito creativo —la parte que de verdad importa— sigue siendo mío.

Ahí está, para mí, la diferencia entre ser el humano en la silla flotante de WALL-E o seguir siendo alguien relevante en esta nueva era: no se trata de rechazar la herramienta, sino de nunca dejar que la herramienta piense por nosotros lo que nosotros deberíamos estar pensando. Formar criterio, experimentar, equivocarnos, entender el motor o el pincel o el prompt hasta el fondo. Esa capacitación no te la va a dar nadie más. Y si no la buscas tú, alguien —o algo— va a terminar decidiendo por ti qué tan relevante sigues siendo.


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